Convivir en el encierro

Mariana es una chica de los tantos jóvenes afectados por la pandemia de la enfermedad Covid 19, esta vez, no tiene que ver con el virus sino con la salud mental, un factor poco visibilizado entre las cifras de contagios diarios.

Por: Marcela Gisell Hurtado Franco y Alejandra Rodríguez Garzón

El pasado 15 de marzo, en horas de la noche, el presidente Iván Duque anunció el confinamiento de estudiantes de colegios y universidades. Desde allí se desataría toda una oleada de pensamientos e incertidumbre en la vida de las personas, un virus llamado SARS COV-2 que ataca los pulmones se expandió por todo el mundo y empezó a quitarle la vida a miles de personas, por ello era necesario quedarse en casa.

“Me alegré al saber que no debía ir el lunes al colegio, ese día debía presentar un trabajo, tendría más días de plazo para entregarlo, solo pensé que sería por un corto tiempo”, menciona Mariana Rodríguez, una chica de 14 años, hija de Camilo Rodríguez y Mireya Cortés, una adolescente de 1.48 de estatura, tez morena, ojos de almendra color marrón de cabello lacio y negro, quien no imaginaba que el Covid 19 marcaría un antes y un después en su vida.

Las aulas pasaron rápidamente de estar llenas de risas, carcajadas, dudas, inquietudes y pasos por sus pasillos, a lugares sombríos, llenos de silencio y pupitres empolvados dejando una marca de historia en ellos. Las personas cerraban puertas y ventanas procurando protegerse del aire que contenía partículas que amenazaban con arrebatarles la vida, sin prestarle atención al daño psicológico que éste causaría.

En cuestión de semanas, el tiempo se convirtió en el sonido particular de un reloj, que en cuanta más atención le prestas, más comprendes lo fugaz que es la vida y Mariana estaba ahí, pensando si en realidad habría un mañana. Largas listas de tareas y trabajos se iban acumulando tras cada notificación recibida en su celular, de repente, la vida pasó de compartir con otros, a encerrarse en su propio mundo, permitiendo así identificar los más profundos pensamientos que, por lo general, el ruido de afuera no le dejaba escuchar.

A medida que avanzaba el tiempo crecía su incertidumbre y está la hacía sentir cada vez peor, se retomaron sus clases, pero no su vida, pues el estar detrás de una pantalla le hacía sentir un profundo sentimiento de soledad, aun teniendo a muchas personas a su alrededor.  Las noches del largo sueño se convirtieron en el momento del día en el que los pensamientos abrumadores llegan con gran facilidad, nublando así su mente y adentrándose en su corazón.

“Antes del Covid, me mostraba como una persona mucho más alegre, más activa, aunque tuviera una rutina tan estricta me sentía mejor, mi mente era más colorida, me distraía con el mundo exterior y dejaba de pensar un poco más en lo interior”.

La vida le cambió, el pasar tiempo en un lugar con cuatro paredes hizo que todo a su alrededor perdiera claridad, la soledad y el tiempo se hicieron amigos haciendo que consigo desconfiara de todos los que le rodeaban. “Me he alejado bastante y eso produjo que me encerrara en pensamientos bastantes destructivos”, su vida se convirtió en una montaña rusa de sentimientos con las diferentes situaciones vividas pero todo esto le dio el poder de aprender a manejar sucesos antes experimentados.

Los días que transcurren rápidamente, van dejando anécdotas en el calendario, momentos de risa, alegría, pero también de tristeza e intranquilidad. “Recuerdo que una semana antes de salir a receso del colegio, duré tres días que no podía parar de llorar, llegaba un pensamiento tras otro, ha sido una de las semanas más duras durante esta pandemia, las vacaciones no eran una solución para todo aquello que llegaba a mi cabeza en las noches”, recuerda con lágrimas en los ojos.

Mariana se hallaba rodeada de su familia, pero nadie lograba ver la tristeza de su mirar, ella desde su experiencia piensa que los adultos minimizan los problemas de los jóvenes porque dicen que, si tienen comida, techo, ropa y una familia completa, ¿qué más necesitan? pero, “dónde queda lo que yo siento y opino si con ellos no puedo expresarlo, no puedo ser yo, ellos deberían replantearse”.

Sus noches dejaron de ser un descanso y comenzaron a convertirse en insomnio acompañado de miles de sensaciones físicas, un vacío en el pecho imposible de describir, dolor de cabeza y pies fríos como el hielo que nunca había llegado a experimentar. situaciones jamás comentadas.

“Al tratar de liberarme de esos problemas, estoy perdiendo tiempo que podría estar usando para hacer cosas productivas, mis papás me han metido eso en la cabeza, “¡No exageres, relájate un chingo!” sentí que me derrumbaba, nadie estaba ahí para decirme párate y sal adelante, todo era tan gris y aburrido, no encontraba a alguien que me ayudara a encontrarme”

Papá: ¿Usted por qué ya no viene a visitarme?

Mariana: Tengo tareas que hacer, estoy más estresada, me duele la espalda y realmente no he podido dormir.

—Imagínese cómo me siento yo, teniendo que aguantarme en un trabajo ocho horas diarias por darle lo mejor a usted. Esos no son problemas Mariana, usted se estresa porque quiere, típica generación de cristal, todo les afecta y quieren salvar el mundo sin querer esforzarse.

—Sí papi tiene toda la razón, el otro fin de semana voy. Hasta mañana, iré a hacer trabajos para dormir temprano.

La misma charla se repite noche tras noche, pero, aunque se minimicen y parezcan parte de la rutina, las palabras tienen el poder y la fuerza de un tsunami sobre los sentimientos y pensamientos de los jóvenes, a veces su voz no puede expresar el caos que llevan dentro o entender el por qué todas las cosas que digan o hagan repercuten en las ideas que van tejiendo su razón.

Todo esto llevó a Mariana a ser más desprendida de las personas que le rodean, a no depender emocionalmente de su núcleo, haciendo que con esto se encerrara en su propio mundo y cerrará su corazón, pero como bien se sabe en toda tempestad hay un rayo de luz, y esa luz para Mariana ha sido su tía, Alejandra, una chica de 20 años, ojos verdes claros que dejan ver en ella una salida a cualquier problema, de temperamento fuerte pero con alma de niña, la única persona que a pesar de tener un enredos en su cabeza no se apartó de ella y le dio un soplo de vida cuando no había nada peor que pudiera suceder.

Mariana finalmente encontró un refugio en medio de tanto caos, una luz en medio del túnel y una vacuna para sus sentimientos en medio de este virus llamado vida.

La chica que tiene incertidumbre vive en ella y permanecerá mucho tiempo allí, pensando si en realidad habrá un mañana en el que despierte y pueda volver a respirar sintiendo que su mente se encuentra en paz. Los días seguirán transcurriendo, la esperanza de que aquellos pensamientos destructivos un día se irán se va desvaneciendo.

Buscar ayuda psicológica no es una opción, pues entre sus deseos de adolescente no está el hecho de que alguien trate de escuchar todo aquello que le carcome el alma.

Por Spot

Un comentario en «Crónica: Un virus llamado vida»
  1. […] Principalmente, muchos un gran número de colombianos se están llenando de conocimiento para cada vez más acercarse a ser un país más culto y lleno de vida, formando a través de la literatura un apoyo por el cual la cultura invade hasta los lugares más recónditos del país. Las gerencias encargadas de organizar la Feria del Libro en Bogotá desde hacía tiempo habían destacado el aumento en participación de colombianos a estos eventos literarios; sin embargo, la pandemia y el confinamiento sirvieron como catalizadores para crear una sociedad más culta entre niños, viejos, jóvenes y adultos. (Te puede interesar: Crónica: Un virus llamado vida) […]

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