Las Ventajas de ser Invisible (Stephen Chbosky)

Por: Ana Duque @ana_duque2003

Escritor, guionista y director estadounidense, nacido en 1970, Stephen Chbosky, con numerosas obras pero que tuvo reconocimiento con Las ventajas de ser invisible, novela epistolar (subgénero de la novela, donde entre los personajes no hay diálogos ni narraciones, únicamente cartas) juvenil escrita en 1999, que logró llegar a la gran pantalla en el 2012, teniendo como director a su mismo autor; por lo mismo, se ve la fidelidad a la obra original, de la que se hablará a continuación. 

Se refleja la vida de Charlie, un adolescente que escribe cartas, no sabemos a quién se las envía, pero por medio de ellas conocemos la vida de Charlie y sus nuevos amigos, familia, una historia llena de dramas juveniles que logran hacer que cualquiera se sienta identificado, un amor que parece incomprendido, padres y hermanos que presionan, suicidio, fiestas y arrebatos no muy bien meditados que terminan siendo consecuencias perjudiciales para la vida de este adolescente. 

Esta obra está llena de valor que te hace sentir dentro de ella, tanto porque logras sentirte identificado en al menos una parte de la historia, porque a lo largo de ella empiezas a sentir que las cartas son enviadas a ti; son tan transparentes, que comprendes los pensamientos de los personajes, se convierte en esa clase de libro que tiene las respuestas. Cuando lo leí me encontraba perdida, no sabía hacia dónde ir, y aunque no diría que configuró mis pensamientos, de cierto modo me trazo una ruta que modifiqué con lo que creía correcto. 

Cuando lo leí me encontraba perdida, no sabía hacia dónde ir, y aunque no diría que configuró mis pensamientos, de cierto modo me trazo una ruta que modifiqué con lo que creía correcto. 

La contraportada del libro mencionaba que tenía una película y yo nunca la había visto, pero la curiosidad frente a ella siempre me había invadido, y entre más la leía, sentía como el libro me llamaba, cuando se mencionaban los problemas de la trama, solo pensaba “me pasa”. Lo compré, y lo acabé en menor tiempo del que creí, lo leía todo el tiempo. Cuando lo acabé la primera vez, estaba asombrada, por las canciones que se mencionaban, por como la historia se tornó tan cruda en algún punto, y cómo esa misma característica fue la que hizo que dejara una huella en mí.

Por esto un año después, lo releí: el libro había cambiado, mi vida había cambiado, ese libro no representaba lo mismo que antes, ahora en vez de representar una guía, era un recuento de superación personal, donde veía mi año anterior plasmado en cientos de páginas con palabras hermosas.

Lo que nunca cambió fue mi amor hacia él; esas reflexiones en solitario y con amigos, que no dejaban de atraerme. Leer la frase, “y en ese momento te juro que éramos infinitos”, fue inevitable no pensar en mis amigos, en esos momentos donde te duele respirar de tanto que han reído, y ese sentimiento de infinidad, de no querer que se termine. 

Además de tantas consideraciones que me fueron presentadas sobre el amor, me hacía sentir dentro del libro. “Aceptamos el amor que creemos merecer”, seis palabras que me dieron seis días de insomnio, ahí fue cuando lo entendí: no podía amar si no me amaba primero, no lograba eso que tanto quería porque, aunque si me sentía enamorada, no tenía nada que ofrecer, y estaba tan confundida que creía ese dolor era necesario y tendría una valiosa recompensa. Pero no era así, “aceptamos el amor que creemos merecer”, yo creía que merecía ese sufrimiento, y debía luchar por él; cuando entendí esa frase, cuando Chbosky me hizo ver con claridad, las cosas cambiaron. 

“Aceptamos el amor que creemos merecer”, seis palabras que me dieron seis días de insomnio,

“Es encantador y todo eso, pero a veces es como si ni siquiera estuvieras ahí. Es genial que puedas escuchar y ser un paño de lágrimas para alguien, pero ¿y si ese alguien no necesita un paño de lágrimas? ¿Y si necesita los brazos o algo así? No puedes quedarte ahí sentado y poner las vidas de todos los demás por delante de la tuya y pensar que eso cuenta como amor. Sencillamente, no puedes. Tienes que hacer cosas.”

-p.177-

Esta frase la encontré hace dos años, y recuerdo como la leía y releía, mi cara de asombro al leer tal belleza, solo podía preguntarme, entonces, ¿Qué es el amor? ¿acaso es esa simple sensación de nervios, mariposas en el estómago, y una sonrisa espontánea al pensar su nombre?, pues justo en ese momento, cuando estaba enamorándome perdidamente, cuando lo que necesitaba eran respuestas, este libro me las dio. Concluí que no, no era el hecho de sacrificar tu felicidad por la felicidad de tu amado, era el hecho de que su felicidad significaba la tuya, que al ver a esa persona reír sentías que el mundo era perfecto. 

Ahora, tres años después de haberlo leído la primera vez, me doy cuenta de que llegó a mi vida justo cuando lo necesitaba; y aunque sea de la clase de libros que la mayoría de adolescentes han leído, que ya casi se convirtió en un cliché, tiene muchas interpretaciones. Es un libro donde en cada carta hay una vibra de dolor, euforia, ansiedad y miedo por crecer, miedo a esos cambios, pero a la vez una admiración hacia ellos “porque las cosas cambian. Los amigos se van. La vida no se detiene por nadie”. Finalmente, eso se convierte en más arte que la obra misma, el arte de intentar sobrellevar esos cambios, felicidad y equilibrio, en cosas tan ambiguas como lo es el amor.

“La gente que intenta controlar la situación todo el tiempo tiene miedo de que, si no lo hacen, nada salga de la forma que ellos quieren.” Esa es la mejor moraleja: disfrutar los cambios, sin esperar resultados perfectos. Esa espontaneidad es el núcleo casi de la vida misma, la base de “las ventajas de ser invisible”.

Por Spot

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