libros para leer

Por: Juan Diego Buitrago

La violencia como tópico en la literatura colombiana es casual, sagaz y cruel. Desde hace más de sesenta años Colombia se ha visto sumida en una guerra interna donde se juntaron los más obscuros defectos de la sociedad colombiana, para dar vida a un monstruo detestable.  


El conflicto interno armado de Colombia tiene casi la misma longevidad que el mismo estado colombiano. Desde el siglo XIX ha llegado una guerra tras otra, en fila, amontonadas, iniciadas por lo político y finalizadas con muchos muertos de por medio y en el mismo punto de partida. En primera instancia, fueron los federalistas contra los centralistas, luego los liberales contra los conservadores, culminando a principios del siglo XX con la guerra de los mil días; conflicto que luego produciría el magnicidio de Rafael Uribe Uribe, la pérdida de Panamá y el olvido de que donde hoy se sitúa el aeropuerto de Bucaramanga, fallecieron miles de liberales y conservadores en la batalla de Palonegro; todo por un despropósito como lo es la política. 

A lo largo del siglo XX fue más de lo mismo: conflictos sin sentido bajo la mascarilla de la libertad como justificación. Sin embargo, lo que caracteriza la violencia de los últimos sesenta años es su crueldad con diferencia. Primero las FARC, luego llegó “el eme” y por último “los paras”, quienes bajo el lema de “justicia para el pueblo”, asesinaron a personas inocentes, secuestraron a quienes les criticaban públicamente, desplazaron miles de familias y, como si no fuera nada, alzaron al narcotráfico para llegar a la cúspide de hoy en día.

Fue esta violencia la que dejó una semilla en la literatura colombiana, creando un subgénero compuesto de crónicas, cuentos, poemas, etc. En los últimos años, muchos autores han querido contar sus historias por medio de la violencia como antagonista. Desde los cuentos cortos de Hernando Téllez con su Espuma y nada más, pasando por García Marquez, tomando inspiración en el anterior para escribir su cuento Un día de estos.

Hasta el día de hoy, con libros como Memorias de un hijueputa de Fernando Vallejo, Relato de un asesino de Mario Mendoza o Historias de amor en campos de guerra de Vanessa Delatorre; textos que más allá de hablar de la guerra hablan de la tragedia de la misma, de cómo la gente común y corriente sufre las consecuencias de un país con gente “brava” y de sangre fría. 

En el subgénero de la violencia colombiana se pueden encontrar historias de secuestros, asesinatos, magnicidios, amor o terror. Historias que en algunos casos se cuentan con tal naturalidad, que son capaces de aterrar a un extranjero; recuentos de lo común que es en las regiones escondidas de Colombia hablar del vecino que secuestraron, del muchacho que mataron porque le hizo un favor a un guerrillero o de la vecina a quien la guerrilla le quitó la casa y la desplazaron. Realmente lo que aterra de estas historias, es precisamente que es muy sencillo encontrarlas; realmente lo que más aterra de estas historias es que todos tenemos un familiar, un amigo o un conocido, que de una u otra manera ha sufrido del conflicto armado.

Finalmente, es válido poder hablar de la violencia, quizás como un registro para las generaciones futuras. La literatura colombiana tomó la violencia y le dió el simbolismo de un monstruo que mata y arrebata; una cicatriz cultural que se mantiene vigente en todas aquellas generaciones que tuvieron que presenciar las atrocidades de Escobar, los ataques de los hermanos Castaño y la aparición de jóvenes en los montes con las botas al revés, bajo la justificación de que eran guerrilleros. Ojalá se haga un cambio, para que no se incurra nuevamente en el fatal error de que las armas, la violencia y la muerte, son el “santo remedio” para todo conflicto. Preocupa saber que la gente rechazó el tratado de paz con las FARC en el plebiscito de 2016. 

Preocupa ver cómo a pesar de lo violenta que es la sociedad colombiana hay senadores y gente en el congreso que promueve el porte de armas. Quizás las futuras generaciones logren apaciguar con cultura y conocimiento y, de una vez por todas, cezar la horrible noche.

Por Spot

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