Por: Alejandro Rodríguez

La carretera estaba vacía, ningún alma rondaba a su alrededor, ninguna muestra de vida humana alteraba el silencio en la penumbra de aquella noche fría del tercer sábado de enero; sin embargo, esta muda soledad no tardó mucho en perecer. Entre los intensos matorrales y árboles de limón, mango y marañón circundantes a la carretera, se escuchó el aullido de un cauteloso zorro que recorría la boscosa zona en búsqueda de algún ratón o cualquier animal diminuto que se le cruzara a su aguda vista. En su andar sin éxito, un disparo sonó: cual relámpago desapareció el hambriento zorro. Como sombra ante la majestuosa luz de la luna llena hasta decrecer en la sosa imagen de un alma en pena, emergió un hombre con zapatos marrones: tan rotos que un par de dedos se le escapaban entre las orillas, un pantalón grisáceo sencillo remendado alrededor de los bordes con parches rojos a medio colocar, una discreta camisa blanca dentro de una ruana verde oliva, y un sombrero llanero de color caqui. El hombre caminó en aquel desolado lugar mientras sostenía una botella de aguardiente. Balbuceaba incoherencias. En uno de sus arrebatos, gritó con voz carrasposa: «¡Un trago más de ron, un trago por ti; porque te fuiste y no volverás!».

La garganta no le daba para más, estuvo todo el día dando vueltas sin sentido por el pueblo. Se hallaba sumido en la interminable sensación de soledad, y el llanto había sido tanto que los ojos estaban hinchados y secos, como si aquella regadera natural hubiese tenido la llave abierta durante largos periodos de tiempo.

Caminó el resto del camino en silencio buscando aquel último sendero que le condujera a su casa. En su intensa marcha se encontró una hortensia marchita, se agachó a verla y dijo: «Tan pequeña que eras, tan pequeña que te fuiste… —se levantó y siguió su rumbo—». Espabiló cuando el gruñido de su estómago le hizo recordar la última vez que comió, entonces echó en falta no haber podido tomar un ron más; al menos eso le mantenía el estómago activo y las penas borrosas.

Tiempo después, por fin llegó a una casa desolada de triste apariencia. Viéndola fijamente, la sensación de pesadez lo abrumó de nuevo: unas lágrimas brotaron sin avisar de sus pequeños ojos cafés; pero no se avergonzó a pesar de que un hombre nunca debe llorar, había razones suficientes para hacerlo. Tambaleándose cruzó la reja del condominio, y al instante, los ladridos del perro lo recibieron, su respuesta ante fue una patada en el hocico que dejó chillando al pobre animal toda la madrugada. «Perro de mierda», susurró, casi inaudible.

Entró con brusquedad, lo que ocasionó que cayera un pequeño cuadro familiar; lo recogió del suelo, estaba roto en su rostro. No le importó. Sonrió al ver a su hija en la foto: la pequeña Margarita a sus siete años con sus adorables mejillas rosadas junto a sus alborotados cabellos castaños. Colgó el cuadro, subió las escaleras y se tiró en su cama blanca, cayendo en la plana y arrugada sensación de desesperación y dejadez, tanto que no le importó buscar si siquiera una manta extra que lo protegiera al menos de los condenados vientos nocturnos.

Un gallo cacareó a la salida del alba. Las montañas estaban iluminadas por un ostentoso mar amarillo que calentaba todo lo que tocaba. El llanero abrió los ojos con lentitud, le dolían, estaban repletos de mugre y lagañas. No descansó nada. Debía ver a su hija; pasar el día con ella, era su día juntos. Se afeitó y se bañó con rapidez. Se colocó unas prendas oscuras y salió de su casa, no sin antes llevarse consigo el cuadro familiar de la pared. Dos días sin comer, pero nada que no se alivianara con el ron que le quedaba de la botella.

En su recorrido solo pensaba en su hija, en la pequeña Margarita y su mirada tierna; en su papi por aquí y papi por allá; en lo mucho que llevaban sin verse y sin charlar. La extrañaba mucho. No tenía a nadie más, ni a sí mismo. Todo el que lo veía en esta situación sentía compasión, él lo sabía. Apretaba su mano como muestra de molestia, de impotencia cada vez que murmuraban, odiaba esa lástima que le tenían. Sus pies avanzaban con rapidez sin mirar hacia atrás, anhelaba estar con Margarita, solo eso.

Poco antes de llegar al lugar donde se vería con su pequeña compró unas flores, unas hortensias rosadas que hacían tono con el borde del cuadro que cargaba dentro del abrigo: serían un regalo para la pequeña Margarita.

Tan pronto llegó a su destino, el día perdió su amarillo. La luz que abrazó las montañas se había marchado, y en su reemplazo un cúmulo de nubes plomizas cubrieron la atmósfera. Un aire frío y denso se esparcía alrededor. Entró al recinto con las piernas temblando por el azare, dio unos pasos más y su visión se tornó blanca, incolora absoluta. Alrededor suyo se encontraban varias separaciones de cemento con un NN escrito a las carreras. Su corazón se agitó y la infamia se apoderó de él. El llanero la identificó al instante, se agachó y colocó las hortensias dentro de un pequeño recipiente al frente de la lápida. Esta vez las lágrimas que se escurrían de sus mejillas caían como una cascada infinita.

Allí se encontraba su hija: el nombre estaba escrito en una de las tantas lápidas cuarteadas, y arriba, cerca al borde de esta, yacía el número 42136 junto a la leyenda «Margarita del Rosario Calderón. E.P.D., víctima del conflicto armado colombiano». Se quitó el sombrero y susurró con la voz ronca: «Siempre contigo, mi niña». Hizo la señal de la cruz mientras sorbía un último trago de ron; se puso de pie y se marchó, debía ir a comer o no podría visitarla más tarde.

FIN

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Por Spot

Un comentario en «Hortensias en enero»

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